sábado, 29 de junio de 2019

Parte: Juicios morales


Juicios morales

Para trabajar el concepto de moralidad tal como lo hemos planteado, la pregunta inicial que surge es claramente: ¿Qué entendemos por juicios morales?

Ante ella, podemos observar que los juicios morales pueden construirse de diversas maneras. Pueden ser concretos, como afirmar que: “las acciones de determinado genocida fueron aborrecibles”, o también, decir que: “la caridad es una buena actividad a realizar”, como también pueden ser bastante más abstractos, como indicar que: “Una acción es correcta siempre que maximiza la felicidad general”.

Habiendo, con los ejemplos previos, esbozado la idea sobre que entendemos que son los juicios morales, recordaremos que en este momento nos ocuparemos de categorizar los mismos. Esto es, no iniciaremos una discusión sobre si estos, o cualquier otro ejemplo de juicios morales, son correctos o no, sino que buscaremos responder ¿que estamos haciendo cuando emitimos estos juicios?, especialmente buscaremos dirimir si los estamos afirmando como si fuesen hechos objetivos de la realidad, o quizás estamos describiendo prácticas culturales o personales, o incluso si estamos expresando nuestro sentimiento sobre determinado hecho.

De esta manera, en el final del párrafo previo, hemos presentado los tres principales enfoques existentes al categorizar un juicio moral: El Objetivismo, el cual considera que los juicios morales representan hechos objetivos, al mismo nivel que los hechos físicos o matemáticos, y por lo tanto independientes de la subjetividad de los individuos; El Relativismo, que considera a los juicios morales como prácticas culturales o incluso personales, admitiendo de esta manera las diferentes percepciones culturales, posiblemente opuestas, sobre el mismo juicio moral; Y por último, el Emotivismo, en el cual los juicios morales, son simplemente la expresión de los sentimientos que nos genera cierto hecho en determinado momento, ampliando aún más la variabilidad en la percepción ante un juicio moral, al hacerla depender no solo en el individuo y su cultura, sino también en el estado de ánimo en el cual se encuentra el mismo.

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